Ética, Verdad y Religión
La sesión en la que ha sido programada mi intervención está señalada por la pregunta: ¿Cuáles son los principios éticos compartidos que son la base de nuestra incidencia? Para responder a esta pregunta, he preparado esta ponencia, que tiene dos partes.
En la primera haré una presentación de los principios que rigen el lenguaje ético contemporáneo, tal como éste se despliega en el escenario global. En la segunda parte, señalaré cómo influye este lenguaje en la religión, específicamente en sus aspiraciones de verdad, y cerraré mis reflexiones con la mención de algunas dificultades que aún amenazan el discurso ecuménico de nuestro tiempo.
El lenguaje ético de nuestro tiempo tiene su origen en una tradición milenaria, heredera de una amplia gama de influencias culturales, entre las que destacan la tradición bíblica, la filosofía griega y la jurisprudencia romana. Pero fue recién en el siglo XX que este lenguaje se precisó de una manera sin precedentes.
En efecto, a fines de la década del cuarenta se pusieron al descubierto los principios rectores fundamentales de la ética occidental, se expuso su lógica interna con una transparencia meridiana, y se la desplegó con éxito creciente en la legislación positiva de una gran cantidad de países.
La aparición del lenguaje ético común es un verdadero hito histórico, y, como bien se sabe, entre otras cosas fue la experiencia trágica del Holocausto lo que la detonó. Desde entonces, los efectos prácticos de este lenguaje han configurado la conciencia ética de una parte considerable de la humanidad.
El primer instrumento del que se valió la ética global fue la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Esta tarde me voy a concentrar únicamente en su prólogo. Allí se establecen los cinco principios fundamentales que deben guiar a la familia humana para que nunca más ocurra una tragedia como la vivida por el mundo durante la Segunda Guerra Mundial. Estos cinco principios son: La dignidad de la persona humana, la igualdad de todas las personas en dignidad, la libertad, la justicia y la paz.
El principio de la dignidad humana es de una importancia monumental. Significa “aquello que merece una persona por el hecho de ser persona”. Está fundamentalmente referido a la calidad del trato que un ser humano debe recibir del Estado y de los demás seres humanos. Puesto que surge a partir de la experiencia de la persecución política y la discriminación racial en la Europa de los años treinta, los derechos subjetivos que se siguen de este principio se formularon inicialmente de manera negativa. Pero, desde el primer momento, fue evidente para muchos lectores que la dignidad humana no sólo implica desterrar del planeta el trato que no merece sufrir ninguna persona, sino además instaurar las condiciones para la calidad de vida que merece disfrutar toda persona.
El principio de la igualdad de todos los seres humanos en dignidad es, como se puede ver, un principio subsidiario del anterior. Expande universalmente el concepto de la dignidad y logra poner ante la conciencia mundial la necesidad de desmontar todos los sistemas políticos y sociales que vulneren la dignidad humana o que no la atiendan suficientemente. Por poner dos ejemplos de todos conocidos, le tomó veinte años a los Estados sureños de Estados Unidos abandonar sus prácticas discriminatorias hacia las personas de raza negra, y cuarenta años a Sudáfrica desmontar el Apartheid. Todos esos procesos, en realidad, pueden tomar más o menos tiempo. Lo importante es comprender que en 1948 empezó la cuenta regresiva hacia la desaparición de la discriminación soportada por la ley y las costumbres, y que no hay marcha atrás posible.
En un rango inferior, como principios subordinados al de la dignidad humana y su expansión igualitaria universal, se encuentran los principios éticos de la libertad, la justicia y la paz. Estos tres principios son en realidad la manera en que se concibe la vida humana digna. Dicho de otro modo, si alguien preguntase qué vida merece vivir un ser humano cualquiera, de cualquier cultura, en cualquier parte del mundo, la respuesta sería: una vida en libertad, con justicia y en paz.
Como bien se sabe, la deducción de los derechos subjetivos realizada a partir de estos principios dio lugar a la formulación complementaria de los derechos de segunda y tercera generación. No me detendré en eso aquí, porque el objetivo de mi ponencia es otro.
Paso a analizar el principio de la libertad. Es el que más se ha visto favorecido en la cultura occidental contemporánea. Probablemente sea aquello que nos distingue propiamente como occidentales. A partir de su introducción en la legislación de los Estados firmantes del pacto, en muchos de ellos quedaron garantizadas las libertades cívicas. Ganada esa batalla, el principio de la libertad empezó rápidamente a desplegase como libertad individual.
Las reivindicaciones de la libertad individual se dieron sobre todo en los ámbitos familiar, social y cultural. A partir de los años 50, en las democracias liberales modernas, sobre todo de Europa, se produjeron grandes transformaciones culturales en la sexualidad, la música popular, la moda y la elección de las creencias religiosas.
En este punto, también, aunque no nos guste, es necesario comprender que la cuenta regresiva se inició con el siglo XX, antes incluso de 1948, y que el proceso, que solemos llamar la secularización, es en ese sentido igualmente irreversible. Siempre habrá una barrera infranqueable contra cualquier forma de ilegalidad que atente gravemente contra la convivencia social. Pero ya está claro para todos que, de buen o del mal grado, hay que aceptar (y no sólo tolerar) muchas cosas que parecían hasta hace poco intolerables en materia de creencias y de hábitos morales. Por poner un ejemplo poco molesto, hay que aceptar que frente a nuestra casa transiten personas con el pelo pintado de turquesa y lentes de contacto rosados. Es posible que el encuentro súbito de una anciana con un muchacho de ojos rosados aún pueda tener consecuencias fatales para la señora; pero, dentro de poco, ese y otros comportamientos exóticos serán codificados como enteramente normales.
El principio de justicia, a diferencia del principio de libertad, no sólo no ha gozado de la misma popularidad, sino que ha requerido de la elaboración de documentos complementarios para ingresar —de una manera mucho menos decidida, por cierto— en la legislación de los países firmantes. Pero aquí también el proceso, aunque lento, es irreversible.
En esta etapa de cambio de mentalidad que estamos viviendo, todavía no se puede dar por enteramente superado el paradigma de la revolución violenta como medio para alcanzar una justicia clamorosamente ausente en el mundo; pero la idea de la revolución violenta se halla en franco retroceso. Sin embargo, si la justicia no es satisfecha de manera eficiente por otos medios, la violencia retornará tarde o temprano. Ante esa amenaza permanente, desde los años 90 el principio de la justicia ha hallado formas inéditas de expresión. Hoy se hace hincapié en la responsabilidad social de la actividad empresarial, por ejemplo, con resultados sorprendentes si tomamos en cuenta que hasta no hace mucho el discurso predominate era el de la lucha de clases.
Antes de pasar a analizar el último principio, que es la paz, quiero subrayar una característica de la lógica que subyace al lenguaje ético contemporáneo. No hay vida humana digna si no se satisfacen simultáneamente los principios de la igualdad, la libertad, la justicia y la paz. Subrayo aquí la simultaneidad de los cuatro principios subsidiarios de la dignidad. No se puede considerar digna una vida humana en libertad, sin justicia social e igualdad de derechos. Mucho menos se considera legítimo, desde un punto de vista ético, promover la justicia, pero a costa de la libertad o la paz.
Dicho lo cual, analizo, finalmente, el principio de la paz. Desde luego que tiene que ver con el ideal de la erradicación de la guerra de la faz de la tierra; pero en la práctica es mucho más que eso, e involucra directamente a la religión. El principio de la paz nos lleva a desmontar todos los factores de beligerancia entre los seres humanos, en todos sus niveles de ocurrencia. El mayor de esos factores es la identidad contra-distintiva, es decir, el hábito que tenemos los seres humanos de definir quiénes somos por oposición a nuestros enemigos o adversarios. El desmontaje paulatino de este factor de beligerancia ha entrado también en cuenta regresiva, y es, asimismo, una tendencia irreversible.
Mi propuesta, ante este foro, es que entendamos al movimiento ecuménico como una clara manifestación de los efectos producidos por el principio ético de la paz en nuestra conciencia religiosa. Dicho de otro modo, quienes se aproximan al discurso ecuménico están persuadidos de que las distintas religiones no pueden ser un factor de separación en la familia humana, sino que más bien deben poder contribuir a que se unan esfuerzos en torno al ideal común de la paz. Para ello, sin embargo, conviene tener en mente dos cosas: (1) Que en la conciencia ética contemporánea la paz se satisface en simultáneo con los otros cuatro principios que le dan sentido, y (2) que el principal enemigo de la paz es la propia identidad contra-distintiva, que debe ser vista como la gran tentación de nuestro tiempo.
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El punto sensible del discurso religioso, aquel donde aflora la gran tentación contra-distintiva de nuestro tiempo, es sin duda su pretensión de verdad. No quiero dar la impresión equivocada de estar sosteniendo alguna filosofía relativista o nihilista. Por ello me apresuro en señalar que, como creyente católico, considero que el discurso religioso puede ser verdadero, y que, en muchos casos, lo es. Pero al mismo tiempo veo que en la mayor parte de quienes tienen a su cargo la custodia de las tradiciones religiosas subsiste una comprensión errada de lo que significa ‘verdad’ en el contexto religioso.
Todos damos por hecho que sabemos de qué estamos hablando cuando mencionamos la ‘verdad’ respecto de nuestras creencias religiosas; pero opino que muchas personas se equivocan de una manera diametral en lo que asumen. Este error, que técnicamente es un error epistemológico, puede tener, y de hecho ha tenido a lo largo de la historia, consecuencias fatales en el campo político, que sería ocioso enumerar.
Puesto que, en nuestro compromiso ético con la paz, nos hemos tomado en serio el discurso ecuménico, podemos asumir que estamos libres de ese error. De subsistir entre nosotros la convicción de que estamos sentados aquí en esta mesa con nuestros adversarios, el diálogo interreligioso se haría imposible.
Dicho lo cual, llamo la atención sobre el hecho de que, a pesar de los reveses y retrocesos que puedan darse en nuestras comunidades (y los habrá todavía muchos), el diálogo interreligioso es una realidad. Esto quiere decir que, en buena cuenta, quienes lo practican han logrado algo que muy pocos logran, a saber, neutralizar la identidad contra-distintiva. Se trata de personas más bien raras (me incluyo, desde luego), que no consideran adversarios a quienes profesan una religión distinta de la propia. Ahora pasaré a analizar lo que implica esto último respecto de nuestra comprensión de la verdad religiosa.
Bajo la influencia del paradigma del conocimiento científico, nos hemos acostumbrado, durante siglos, a creer que la verdad es un atributo excluyente. En la lógica del conocimiento, si afirmamos con toda certeza que una proposición como ‘la sala está llena’ es aquí y ahora verdadera, asumimos que su contradictoria ‘la sala no está llena’, dicha aquí y ahora respecto de lo mismo, tiene que ser falsa. Los principios formales de la lógica han tenido tanto éxito, que hemos llegado a creer que valen en todos los campos del saber y del lenguaje. Así, cuando las personas hablan de la verdad en el terreno de la religión, erróneamente asumen que están usando el término exactamente del mismo modo en que se usa en el conocimiento científico.
Este es un grave error, que ha llevado a la humanidad, entre otras cosas, a que guerree por causa de la religión. Si un príncipe elector decía ‘la religión católica es la verdadera’ y asumía que ‘verdadero’ quería decir lo mismo que en el conocimiento científico, lo que estaba haciendo, contra-distintivamente, era negarle verdad a la afirmación contradictoria de su vecino. La guerra estaba cantada. Pero supongamos que ya no hablamos de príncipes electores sino de creyentes civilizados del siglo XXI. Aún si uno de ellos sólo lo pensara, es decir, que por pura cortesía no le dijera a su vecino que en realidad no hay verdad en otra religión, los efectos de la identidad contra-distintiva serían menos dramáticos que en el siglo XVII, pero no cabe duda de que viciarían por completo la posibilidad de un auténtico diálogo interreligioso.
Ahora bien, hemos partido por constatar que, en foros como este, existe un diálogo auténtico. Lo que a su vez implica que en esta mesa se asume la verdad de la religión de otra manera. En este punto me veo en la necesidad de despejar otra duda que puede surgir inmediatamente después de lo dicho.
Yo no creo que estemos hablando de una ‘verdad’ de rango inferior a la verdad del conocimiento científico, ni mucho menos que en la religión se esté haciendo un uso metafórico de la palabra ‘verdad’. Podría incluso afirmar todo lo contrario, es decir, que el sentido fuerte y original de la palabra ‘verdad’ procede de la religión, y que más bien la filosofía y la ciencia han empobrecido ese sentido original al punto de convertirlo en una incierta adecuación entre el enunciado y la realidad. Pero ese no es mi tema ahora.
¿Cuál es ese otro sentido fuerte y no excluyente de ‘verdad’ o ‘verdadero’ que sin duda tenemos en mente toda vez que nos acercamos de buena fe al diálogo interreligioso? Cuando en mis clases de la universidad llego a este punto, recuerdo siempre el pasaje de Jesús ante Pilatos. Frente a la pregunta ‘¿Qué es la verdad?’, Jesús guarda silencio. Y yo les pregunto a mis alumnos por qué guardó silencio. ¿Por qué no respondió ‘la verdad es la adecuación del intelecto y la cosa’? (Porque no me dirán que no conocía esa definición.)
La respuesta que propongo es ésta: Jesús guardó silencio ante Pilatos porque Pilatos tenía la verdad ante sus ojos y era incapaz de verla. Con esto no quiero decir que la verdad sea el atributo de la proposición ‘Jesús es el Mesías’, o de alguna otra proposición teológica por el estilo. Si quisiera implicar eso, pondría en peligro el diálogo con mis hermanos judíos. Yo creo que Jesús es el Mesías; ellos no, y así deben quedar las cosas. Cuando digo, pues: ‘Pilatos tiene la verdad ante sus ojos y no la ve’ no estoy haciendo ninguna afirmación acerca de la cristología implicada en esa escena. (Dicho sea de paso, hay quienes piensan que Jesús guardó silencio porque la explicación dogmática iba a ser demasiado larga.)
‘Pilatos tiene la verdad ante sus ojos y no la ve’. Esta no es una afirmación teológica. Es una afirmación religiosa. El diálogo que nos reúne aquí, como ustedes bien saben, no es un diálogo ‘inter-teológico’, sino interreligioso. El título de mi ponencia en este foro no es ‘Ética, Verdad y Teología’, sino ‘Ética, Verdad y Religión’. Mantener clara esta diferencia es, a mi juicio, la garantía de la paz y de la autenticidad del diálogo. Hablamos de la verdad religiosa, no de la verdad teológica; hablamos de una verdad espiritual, no de una verdad discursiva.
Mi propuesta es que pensemos siempre la verdad religiosa como un acontecimiento espiritual. Sin duda, la mediación del discurso es inevitable, y de ella a la construcción teológica hay un paso muy corto, que será imposible evitar. Pero lejos de recubrir nuestra identidad con el ropaje contra-distintivo de nuestras teologías, basadas como todo discurso racional en una trasnochada imitatio scientiae, lo que estamos llamados a lograr, en vista del ideal de la paz, es a desnudar nuestra comprensión de lo divino de esos ropajes discursivos que lo ocultan, y a inclinarnos más bien frente al Espíritu Vivo de la Paz, en el que todos creemos.
De ese modo, nuestra contribución puntual al principio ético de la paz, trabajada desde la pedagogía del diálogo interreligioso, podrá ser vista también como una contribución desde la religión, al enriquecimiento del lenguaje ético, cada vez más secularizado, del siglo XXI.



Comentarios
todos deberiamos in
todos deberiamos interesarnos en este lindo comentario o propuesta para cambiar nuestra forma de actuar y pensar
Hola,<br /> <br />
Hola,
Realmente muy buen post.
Yo creo que lastimosamente esos principios pasan por un "filtro" de conveniencia de los más poderosos, así se prioriza la libertad sobre la dignidad, para así dar "facilidades" a temas como el aborto y la eutanasia.
Gracias y bendiciones
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