“Tengo amigos” y “hay muchos mecanismos”. Monseñor Cipriani declaró sus intenciones respecto de la PUCP en 1997

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Como es
costumbre, sobre todo tratándose de personajes públicos, el contenido
de las entrevistas suele pactarse previamente. Es razonable suponer que
Ricketts y Cirpiani conversaron acerca de los temas a tratar y las
preguntas que se irían a plantear.

El arzobispo empieza haciendo referencia a la educación, menciona la reunión del CELAM de
Santo Domingo, pero no puede avanzar en el desarrollo de sus ideas
porque Ricketts lo interrumpe con una repentina mención a la Pontificia
Universidad Católica del Perú, y a una supuesta indicación que habría
dado "un cardenal" a la Universidad para no ser mencionado en relación
con ella. Esta referencia a la Universidad no fue casual. La sonrisa del
arzobispo cuando alude a la historia de la institución y el hecho de
que mire sus apuntes para responder delatan la complicidad. Su
respuesta es esquemática: reduce la historia de la PUCP a la fundación
por parte de Dintilhac y a “la interrupción del status” que atribuye a
Velasco Alvarado.

¿En qué consistía para Cipriani el status de la PUCP?
Dice expresamente que había una “dependencia directa del Canciller” que
se habría perdido; pero no se toma el trabajo de explicar qué
significa eso según los estatutos de cualquier universidad católica
.

Conviene destacar que la Constitución Apostólica Ex
Corde Ecclesiae, que regula el funcionamiento de las universidades
católicas, se había promulgado en 1990, de modo que era perfectamente
esperable que en 1997 un arzobispo que iba a hablar en la televisión
sobre una universidad católica conociese ese documento. En él se señalan
claramente cuáles son las funciones de los obispos en toda universidad
católica —en el caso de la PUCP las funciones de su Gran Canciller—, a
saber: promover a la institución, participar de la vida institucional
como un miembro más, animar el trabajo creativo de los teólogos y
dirigir o aprobar la pastoral universitaria. El único derecho que le
confiere a los obispos la Ex Corde Ecclesiae es el de vigilar el
carácter católico de las universidades en sus diócesis.

Nada de lo señalado en la Ex Corde Ecclesiae respecto
de las funciones del Gran Canciller ha estado ausente en la vida
institucional de la PUCP, ni antes ni después de Velasco Alvarado. De
modo que, cuando Cipriani menciona en la entrevista “el bendito sistema
de la expropiación y todo el asunto” (sic), sólo puede estar hablando
de la propiedad
(ya que según él se trató precisamente de una
expropiación), en medio de un abierto cuestionamiento del carácter
católico de la institución. No me cabe duda de que sus tautologías: “si
es pontificia, es pontificia y si no es pontificia, no es pontificia”
sólo se pueden interpretar como una puesta en duda de la catolicidad de
la PUCP. Claro, luego dice que no se trata de peleas; pero añade
explícitamente que se trata de dividir a la asamblea universitaria
y,
por ende, a la comunidad que él, hoy, en su función de Gran Canciller,
debería promover como pastor y no hostigar como enemigo.

La mayor falsedad de la entrevista es la frase: “la
Iglesia se quedó sin universidad”. Valdría la pena refutar esa
afirmación explicando qué significa que una comunidad universitaria sea
parte de la Iglesia católica y qué ha significado y significa la PUCP
para la Iglesia peruana. Pero después de proferir esa afirmación
—por lo demás, mezquina—, Cipriani vuelve a mirar sus apuntes y dice que
“no es un problema de querer recuperar” la universidad (nótese el gesto
muy significativo de su mano cuando pronuncia la palabra recuperar).
Entonces Ricketts lo vuelve a interrumpir, haciéndole perder el hilo,
por lo que el arzobispo cae en la flagrante contradicción de decir que
la tarea (la suya desde luego) sí es recuperar la PUCP, y no resiste
la tentación de añadir, con una típica sonrisa de amenaza, que para ello
“hay muchos mecanismos”.

En ese momento Ricketts cambia el tema y le pregunta a
Cipriani por el aporte que podría dar la Iglesia a la formación del
magisterio, cosa que el entrevistado aprovecha para lanzar una pequeña
pastilla ideológica, que al público entendido le recuerda el lenguaje
del fascismo católico.

Luego viene una pausa y la entrevista prosigue de una
manera muy interesante, que yo llamaría casi providencial. Ricketts
pasa a la segunda cuestión acordada con su entrevistado, que es mostrar a
la opinión pública el “abandono” en que el Estado peruano tiene a la
Iglesia católica. Es curioso que el enemigo declarado del comunismo presente
en la televisión su pliego de reclamos: mejores sueldos para los
arzobispos,
alguna mejora también para los obispos y los curas,
“repuestos” para los templos, en una palabra, mayor subsidio del
Estado,
porque “no puede ser” que su sueldo sea tan bajo. El
arzobispo lamenta que para subsistir tenga que “estar pasando el
sombrero por todos lados”. Y en ese contexto nos dice: menos mal que
“tengo amigos”.

Sólo al final de la entrevista se acuerda Cipriani de
que “la Iglesia desde la antigüedad ha vivido de la caridad”; pero
nótese que, sintomáticamente, el arzobispo hace un uso vulgar de la
palabra caridad, un concepto teológico tan importante para el magisterio
eclesiástico y para la vida cristiana. Digo que esta segunda parte de
la entrevista es providencial porque muestra con absoluta claridad que
la preocupación principal de Cipriani,
desde hace más de una
década, es el financiamiento exiguo de las obras de su diócesis.
Si para eso sirve "recuperar" una Universidad próspera que nunca fue
suya,
sin importar qué “mecanismos” se pongan en marcha, entonces me
imagino que, a quienes no estaban avisados, esta entrevista puede
haberles revelado mucho acerca del cardenal como pastor y como persona.

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