El Espíritu Santo y la corrupción en la Iglesia
Meditación de Pentecostés
Hace un tiempo escribí en este blog un artículo en el que me preguntaba hacia dónde va Benedicto XVI como conductor de la Iglesia. Habían demasiados datos que resultaban confusos y que no permitían ver una línea de acción definida. Esa impresión empezó a cambiar en febrero de este año, cuando me encontraba en Alemania. Durante semanas pude leer detenidamente todo lo que la prensa alemana publicaba acerca del escándalo del abuso sexual del clero y su encubrimiento por parte de las autoridades eclesiásticas. Desde entonces he prestado atención a la forma cómo Benedicto está manejando esta crisis, desde la carta a los irlandeses hasta sus declaraciones en Portugal.
Siempre he creído que si la Iglesia se ha de purificar de sus pecados, debe lograr desmontar las estructuras de poder en las que se sostiene la corrupción vaticana. Por eso me sorprendí y me alegré cuando Benedicto desautorizó en Portugal a todos aquellos voceros oficiales y oficiosos que insistentemente sostenían la teoría de una conspiración externa contra la Iglesia. Como soy un escéptico por naturaleza, todavía no he llegado a convencerme de que tengamos un Papa totalmente dispuesto a enfrentar el problema de la corrupción, de la cultura del silencio y del detestable hábito del encubrimiento como quizás sólo Juan Pablo I se propuso hacerlo: hasta las últimas consecuencias. Pero hay poderosas señales que indican que el Espíritu sopla en esa dirección.
La más notable de esas señales se dio el 14 de mayo último, cuando el cardenal Christoph Schönbron, arzobispo de Viena, pidió una reforma integral de la estructura política del Vaticano y cuestionó públicamente al decano del Colegio Cardenalicio, Angelo Sodano. Según Schönbron, quince años atrás, cuando era Secretario de Estado de Juan Pablo II, Sodano impidió la creación de una comisión que investigase los abusos sexuales cometidos por su predecesor en Viena, el cardenal Groer. La gota que habría colmado la paciencia del dominico Schönbron y de muchos otros habría sido aquel discurso que, fuera de protocolo, dio Sodano en la Pascua de Resurrección, en el que calificó de habladurías las acusaciones de pederastia del clero. Con esa declaración pública, en su calidad de voz oficial de la Iglesia, Sodano habría querido adelantarse y minimizar la crisis, colocando al Papa en la necesidad de desmentirlo o de callar para no afectar la unidad del alto clero.
A mí no me sorprende en absoluto que un personaje como Sodano, el amigo de Pinochet, el protector de Maciel y los Legionarios de Cristo, el promotor del cardenal Juan Luis Cipriani, se valiera del chantaje o de cualquier recurso ilícito para forzar a Benedicto a continuar con la teoría de la conspiración y dejar intacta la política del silencio. La desesperación del fascismo católico ante los planes de Benedicto sería tal, que habría motivado las asombrosas declaraciones del cardenal Darío Castrillón, en el sentido de que Ratzinger habría tenido conocimiento de la carta de felicitación que Castrillón le envió al obispo francés Pican, por no haber denunciado a un cura pederasta ante la policía. Si este fuera realmente un intento de desprestigiar al Papa para detener sus planes de reforma, detrás de ello sólo podríamos suponer una intención verdaderamente diabólica.
Pero a pesar de todo ello, en Portugal Benedicto dio claramente a entender que no hay ninguna conspiración externa, que los males de la Iglesia proceden de adentro. Espero no estar haciendo una lectura ingenua de este manejo de la crisis, que hasta ahora está mostrando ser decidido y valiente. Sería realmente una pena estar equivocado en esto, pero como todo es posible bajo el sol, sólo resta la esperanza de que el Espíritu de la Caridad ya esté recorriendo los pasillos del Vaticano, espantando a los funcionarios corruptos y helando la sangre dei capi.
se podrá librar del lastre que para ella ha significado en estos últimos siglos
la idolatría del poder.



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