La crisis de la Iglesia católica y el papel de sus universidades
Con ‘crisis de la Iglesia’ me refiero al proceso de adecuación progresiva del catolicismo a ciertas condiciones de la cultura secular, que lleva más de medio siglo. El Concilio Vaticano II reconoció la necesidad de un aggiornamento de la Iglesia y, como bien se sabe, a partir de allí no ha cesado la discusión acerca de cuán profundos y vastos deben ser los cambios dentro de la Iglesia para que pueda ser “sacramento universal de la salvación” (Ad Gentes 1).
El aggiormamento de la Iglesia resultó ser una tarea enormemente compleja porque, desde una cierta perspectiva, equivalía a que se sentaran en una misma mesa el rey y sus vasallos a negociar de igual a igual, cosa que para algunos era una humillación inadmisible y para otros una exigencia ineludible de los tiempos. Por ello, cuando se habla de diálogo, conviene destacar que hay dos maneras de concebir esa tarea: una de ellas, resistiendo los avances considerados excesivos de la libertad cívica e individual; la otra, acompañando el proceso de debilitamiento de la libertad soberana.
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Según Charles Taylor, la secularización se puede definir como el proceso histórico mediante el cual la cultura occidental fue desplazando progresivamente al Dios cristiano de su comprensión del mundo físico, del mundo político y del mundo sobrenatural. Es un proceso de enorme complejidad que no se ha dado de manera homogénea ni uniforme en los países occidentales. En términos generales, las diferencias en el nivel de secularización en las distintas sociedades dependen de factores históricos, vinculados a la educación y al desarrollo socio-económico. A mayor educación y mejores expectativas de vida, la secularización obtiene mayores dividendos en las conciencias.
En lo que toca al mundo físico, el proceso que se ha producido desde inicios del siglo XX es quizás la más homogénea de todas las “muertes de Dios”. Muy pocas personas con educación superior mantienen hoy una comprensión del universo cerrado, creado por Dios en básicamente su misma configuración actual. Y si bien la imagen del universo infinito promovida por la física contemporánea no ha desaterrado por completo la idea de un creador divino, sin duda le ha quitado el protagonismo que tenía como soberano del cosmos.
La secularización del mundo político, por su parte, hizo lo correspondiente con el pretendido lazo indisoluble entre el soberano de una nación y el soberano de la creación. Desde la Inglaterra medieval, pasando por la Revolución Francesa, hasta la derrota de los fascismos contemporáneos, la tradición liberal despojó al absolutismo político de su lenguaje teísta y con ello logró la separación definitiva de Iglesia y Estado. Esta es una “muerte de Dios” menos homogénea, pero igualmente difundida en el mundo occidental, donde el recurso a Dios en el espacio público sólo es retórico.
Pero algo muy distinto ocurre con la secularización del mundo sobrenatural. Allí Dios no ha muerto y es improbable que alguna vez muera una muerte definitiva (dicho sea de paso, no hay que olvidar que Dios tiene la propiedad de resucitar). La persistencia de la soberanía divina en la experiencia de lo sobrenatural depende de la forma como las personas se confrontan con la finitud humana, y hay dos maneras de hacerlo: asumiendo que no hay nada más después de la vida natural, o asumiendo que existe un mundo sobrenatural cuyos habitantes interactúan con los vivos y al que éstos pueden llegar después de la muerte.
La lentitud con la que marcha el proceso de secularización del mundo sobrenatural —o incluso su retroceso— puede ser vista como la principal causa de su heterogeneidad en la cultura global, y es esa misma heterogeneidad la que genera comprensibles tensiones al interior de la Iglesia. Vista la crisis del catolicismo desde esta perspectiva, su expresión más aparente es la creciente polarización de posiciones conservadoras y liberales.
El catolicismo conservador cree que la Iglesia evoluciona lentamente a lo largo de la historia y que, gracias a esa lentitud, enfrenta de manera crítica el proceso de la secularización en todos sus niveles. El objetivo de los conservadores es lograr frenar la secularización desde la política. Para ellos, la fe está llamada a iluminar a las élites y, a través de su influencia, corregir el destierro de Dios en el ámbito moral y político de las sociedades secularizadas. En ese sentido, basada en la tradición, la Iglesia debe garantizar su propia estabilidad institucional, para lo cual es indispensable resistir la tentación de producir cambios en su interior, a pesar de las presiones internas y externas.
Uno puede estar a favor o en contra de estas posiciones. Yo me considero un liberal, por si alguien no lo ha notado aún; pero estoy convencido de que ambas posiciones son razonables y deben estar suficientemente representadas en una universidad católica. Siguiendo la antigua tradición de las primeras universidades europeas, la universidad católica está llamada a suscribir el lema diversa non adversa. Siempre que este principio ha sido respetado ha dado lugar a un fructífero diálogo académico entre visiones disímiles, que no pueden ser consideradas adversarias si han de contribuir al bien común y no a la guerra.



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