La crisis de la Iglesia católica y el papel de sus universidades

1
tweets
1

Con ‘crisis de la Iglesia’ me refiero al proceso de adecuación progresiva del catolicismo a ciertas condiciones de la cultura secular, que lleva más de medio siglo. El Concilio Vaticano II reconoció la necesidad de un aggiornamento de la Iglesia y, como bien se sabe, a partir de allí no ha cesado la discusión acerca de cuán profundos y vastos deben ser los cambios dentro de la Iglesia para que pueda ser “sacramento universal de la salvación” (Ad Gentes 1).

Ahora bien, la crisis puede ser vista como producto de la colisión de dos culturas políticas divergentes, ambas fuertemente enraizadas en la historia europea. Por un lado está la cultura secular, que se ha venido desplegando desde hace más de doscientos años como una progresiva y costosa lucha por las libertades civiles e individuales, y cuyo resultado emblemático son las democracias liberales. Por el otro, tenemos la cultura política de la Iglesia católica, que desde hace más de diez siglos se configuró bajo una estructura monárquica, es decir, asentada sobre la libertad soberana del pontífice.

El aggiormamento de la Iglesia resultó ser una tarea enormemente compleja porque, desde una cierta perspectiva, equivalía a que se sentaran en una misma mesa el rey y sus vasallos a negociar de igual a igual, cosa que para algunos era una humillación inadmisible y para otros una exigencia ineludible de los tiempos. Por ello, cuando se habla de diálogo, conviene destacar que hay dos maneras de concebir esa tarea: una de ellas, resistiendo los avances considerados excesivos de la libertad cívica e individual; la otra, acompañando el proceso de debilitamiento de la libertad soberana.

Vista desde ese enfoque, no sorprende que la crisis se plantee como una dicotomía esquizofrénica que jamás alcanzará una solución sin la desaparición de alguno de los polos del conflicto. Pero, por fortuna, esa no es la única lectura posible. Las dificultades del diálogo pueden explicarse desde un análisis de la secularización.

2

Según Charles Taylor, la secularización se puede definir como el proceso histórico mediante el cual la cultura occidental fue desplazando progresivamente al Dios cristiano de su comprensión del mundo físico, del mundo político y del mundo sobrenatural. Es un proceso de enorme complejidad que no se ha dado de manera homogénea ni uniforme en los países occidentales. En términos generales, las diferencias en el nivel de secularización en las distintas sociedades dependen de factores históricos, vinculados a la educación y al desarrollo socio-económico. A mayor educación y mejores expectativas de vida, la secularización obtiene mayores dividendos en las conciencias.

En lo que toca al mundo físico, el proceso que se ha producido desde inicios del siglo XX es quizás la más homogénea de todas las “muertes de Dios”. Muy pocas personas con educación superior mantienen hoy una comprensión del universo cerrado, creado por Dios en básicamente su misma configuración actual. Y si bien la imagen del universo infinito promovida por la física contemporánea no ha desaterrado por completo la idea de un creador divino, sin duda le ha quitado el protagonismo que tenía como soberano del cosmos.

La secularización del mundo político, por su parte, hizo lo correspondiente con el pretendido lazo indisoluble entre el soberano de una nación y el soberano de la creación. Desde la Inglaterra medieval, pasando por la Revolución Francesa, hasta la derrota de los fascismos contemporáneos, la tradición liberal despojó al absolutismo político de su lenguaje teísta y con ello logró la separación definitiva de Iglesia y Estado. Esta es una “muerte de Dios” menos homogénea, pero igualmente difundida en el mundo occidental, donde el recurso a Dios en el espacio público sólo es retórico.

Pero algo muy distinto ocurre con la secularización del mundo sobrenatural. Allí Dios no ha muerto y es improbable que alguna vez muera una muerte definitiva (dicho sea de paso, no hay que olvidar que Dios tiene la propiedad de resucitar). La persistencia de la soberanía divina en la experiencia de lo sobrenatural depende de la forma como las personas se confrontan con la finitud humana, y hay dos maneras de hacerlo: asumiendo que no hay nada más después de la vida natural, o asumiendo que existe un mundo sobrenatural cuyos habitantes interactúan con los vivos y al que éstos pueden llegar después de la muerte.

El ateísmo pretende mostrar la irracionalidad de la creencia en una interacción con seres que no viven en este mundo. Pero es evidente que los ateos aún son una minoría frente a la cantidad abrumadora de seres humanos asume que aduce tener alguna experiencia de lo sobrenatural. Es posible que estas experiencias religiosas se vean afectadas, en lo que toca a su relevancia para la vida cotidiana, por las expectativas de vida de las personas. Mejores condiciones podrían significar menores temores ante lo desconocido. Sin embargo, para que desaparezca por completo la relevancia de los sobrenatural hace falta que las personas desarrollen una elaborada filosofía frente a la propia muerte, cosa que siempre serán muy pocos los que estén en capacidad de lograr.

3

La lentitud con la que marcha el proceso de secularización del mundo sobrenatural —o incluso su retroceso— puede ser vista como la principal causa de su heterogeneidad en la cultura global, y es esa misma heterogeneidad la que genera comprensibles tensiones al interior de la Iglesia. Vista la crisis del catolicismo desde esta perspectiva, su expresión más aparente es la creciente polarización de posiciones conservadoras y liberales.

El catolicismo conservador cree que la Iglesia evoluciona lentamente a lo largo de la historia y que, gracias a esa lentitud, enfrenta de manera crítica el proceso de la secularización en todos sus niveles. El objetivo de los conservadores es lograr frenar la secularización desde la política. Para ellos, la fe está llamada a iluminar a las élites y, a través de su influencia, corregir el destierro de Dios en el ámbito moral y político de las sociedades secularizadas. En ese sentido, basada en la tradición, la Iglesia debe garantizar su propia estabilidad institucional, para lo cual es indispensable resistir la tentación de producir cambios en su interior, a pesar de las presiones internas y externas.

Por su parte, el catolicismo liberal considera que la Iglesia sólo puede ser madre y maestra de los creyentes y anunciar el evangelio a todos los hombres de buena voluntad si puede hacer que la fe dialogue con la sociedad secular. En ese sentido, debe comprender adecuadamente los cambios del entorno y garantizar una comunicación sincera con el mundo. Por ello, el objetivo de los liberales es acompañar la secularización de los mundos físico y político, con la finalidad de rescatar y fortalecer el sentido de lo sobrenatural en la vida humana. Para ellos, la fe está llamada a iluminar estos procesos y destacar los valores seculares que proceden de tradición cristiana. En ese sentido, es indispensable que la Iglesia produzca reformas significativas en su interior, basadas en los signos de los tiempos, a la luz de una relectura permanente de la tradición.

Uno puede estar a favor o en contra de estas posiciones. Yo me considero un liberal, por si alguien no lo ha notado aún; pero estoy convencido de que ambas posiciones son razonables y deben estar suficientemente representadas en una universidad católica. Siguiendo la antigua tradición de las primeras universidades europeas, la universidad católica está llamada a suscribir el lema diversa non adversa. Siempre que este principio ha sido respetado ha dado lugar a un fructífero diálogo académico entre visiones disímiles, que no pueden ser consideradas adversarias si han de contribuir al bien común y no a la guerra.

Una universidad católica es, en ese sentido, la institución dentro de la Iglesia llamada a contribuir con el equilibrio de las tensiones internas que necesariamente la afectan en el era de la secularización. Sin la contribución de las ciencias humanas, sociales y exactas, la evangelización de la cultura carecería del aporte sustantivo que le otorga la razón a la fe. Y viceversa, sin el aporte de la fe de Cristo, la razón universitaria podría no enfrentar de manera suficientemente crítica los impactos para el ser humano de la progresiva pérdida del sentido de lo divino.
Puesto que este artículo ya es demasiado largo para los estándares de lectura actuales, lo cierro aquí; pero no sin antes destacar que, de una universidad —católica o no— sólo deben excluirse los 'ultras’, aquellos que de antemano ven adversarios en quienes no comparten sus ideas y cancelan toda posibilidad de diálogo con lo diverso.

Su voto: Nada Promedio: 5 (2 votos)

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

The content of this field is kept private and will not be shown publicly.
CAPTCHA
Este pregunta es para evitar spam.
Image CAPTCHA
Enter the characters shown in the image.